Por Andrés Conde

Más de una vez nos hemos preguntado si realmente vivimos en uno de los países con los mayores productores de vino y con la mayor extensión vinícola del mundo. ¿Realmente serán ciertos esos datos o quizás sea otro sueño de grandeza tan propio en este país? Por mucho que le dé vueltas, me parece poco creíble y a unos cuantos datos me remito. Voy a intentar explicarme de manera pausada y detallada.

El consumo ya no es que haya bajado, cae en picado, y eso que aquí algunos dicen que producimos los mejores vinos del mundo y además los más baratos. ¿Habrán salido alguna vez del pueblo o sólo se dedican a leer lo que algunos autodenominados profetas del vino predican en un púlpito a fieles cegados por el desconocimiento total o parcial de la realidad? ¿Alguien debería tener la culpa de esto o será otra herencia recibida del pasado? Así que a mirar hacia otro lado y a continuar lamentándonos.

Ante tal situación, la respuesta de las bodegas es “hacemos los mejores vinos de la historia ya que tenemos a los enólogos más preparados, han estudiado en Francia y han trabajado en los mejores chateaux franceses”. Esto me recuerda un poco al cocinero que apenas ha cumplido 25 años y ya ha trabajado en las grandes cocinas del mundo,  pero algo de culpa tendrán ya que son una parte implicada importante. Quizás se han olvidado de una cosa: el vino es para beber, no para lucirse y mirarse el ombligo por la puntuación recibida de un medio americano. No discuto la puntuación ni mucho menos, pero quizás elaboramos vinos para un mercado exterior con unos gustos determinados y nos estamos olvidando del pueblo que bebía vino para quitarse la sed y regar las comidas. Aquí el bebedor de vino habitual no es un snob, bebe porque le gusta y lo considera habitual y rutinario.

Pasamos a otra de las partes implicadas: la restauración y las tiendas de vino, estas últimas bastante tienen con sobrevivir. ¿En qué país civilizado existe tan poca cultura de entrar en una tienda especializada a comprar vino? Sí hay uno, y es España. Finalmente, el tendero desiste y cierra. En ciudades de talla media sólo hay una tienda y, encima, malvive.

Me voy a centrar en la restauración, lugar donde todo paisano va a tomar vino, lugar que debería ser de intercambio de pareceres entre los denominados sumilleres y el público ansioso de probar e intercambiar opiniones. No sé cuál de los bandos es más culpable. En el lado del servicio, encontramos gente pretenciosa sin carácter ni criterio e influenciada por revistas y bodegueros, pero eso no es lo peor, es esa falta de búsqueda del por qué un vino es de una manera o de otra y si va gustar o no al cliente. En resumidas cuentas, la pasión es muy pasajera, un poco al principio y luego llega ese momento de conocer todo por arte de magia. Eso sí, sin salir de casa, con una máquina en la que se busca y se recibe información abundante y confusa. Sólo falta que haya un botón y salga un chorro de vino.

Andres Conde_Vila Viniteca

Nos queda ese lado de la restauración donde no hay un encargado del vino y se compra al precio más barato. Se trata del terreno de la industria vinícola donde el ternero es devorado por el lobo feroz. Vinos industriales a precios baratos y actualmente bajo el amparo de marcas reconocidas por la mayor parte del público, y todo soportado por salvajes campañas de promoción que sólo destrozan el mercado y hunden un poco más al pequeño viticultor que hace un vino sincero. Ante esto el consumidor se siente aturdido, al ver que su marca favorita es más barata que nunca y, aunque sepa que ya no es como antes, no protesta porque es más barata. Pobre consumidor, el rey de la desinformación.

Después de este pequeño recorrido por el corazón del vino, ¿qué nos queda para luchar contra toda esta marea que quiere eliminar de nuestra cultura el vino? Bajo mi humilde opinión no está todo perdido, nos encontramos en una pequeña depresión que nos está afectando pero que no nos vencerá.

A nivel humano, estamos ante una generación dorada. Existe un pequeño grupo de jóvenes que ya no se ponen la bata y miran al viñedo. Estos mismos han viajado y han empezado a catar otros vinos, tienen un inusitado entusiasmo por conocer al cliente final y transmitirle su pasión y conocimiento. Aparte de este valor humano importante, zonas no tan importantes empiezan a tener su importancia y peso no tanto en volumen de producción sino en identificación con la calidad. Nuevos proyectos atrevidos siguen naciendo.

Por otro lado, a nivel de consumo, existe un pequeño grupo de clientes entusiastas y muy informados que se atreven con todo, y aquí es donde está la clave, en ese pequeño grupo es el que va a levantar la demanda. Nunca en nuestra historia el consumidor ha estado tan preparado, quizás sean pocos pero irán creciendo si entre todos lo hacemos bien.

No me he olvidado tampoco de ese pequeño, pero fuerte grupo con convicciones que, pese a la crisis, han seguido defendiendo la venta del producto de calidad. Aquí tenemos esos vendedores de vinos en tiendas y restaurantes, periodistas que aunque no tengan donde escribir siguen defendiendo el vino.

Señores gobernantes, por muchas trabas que pongan, no podrán con el vino porque entonces sí que nos levantaremos y será la primera gran revolución del vino.

Andrés Conde
Nacido en Santander en 1970, Andrés Conde proviene de una familia dedicada desde hace tres generaciones a la restauración y con grandes vínculos al mundo del vino. Su abuelo fue viticultor en Cigales hasta 1942 y luego partió a Santander para abrir el restaurante Bodega Cigaleña. Fue un gran amante del vino desde casi su infancia y gracias a él, desde pequeño, Conde pudo tener un contacto muy cercano con el vino. Desde 1994 hasta 2006 ha trabajado con su padre y a partir de esa fecha dirigió el restaurante con su hermano. Con estudios en Ciencias Económicas, ha asistido a diversos concursos relacionados con el vino. Fue el segundo clasificado tanto en Ruinart como en el Campeonato de España y tercero en la Nariz de Oro.