Por Àlex Torío
Según se enfoque la comparación, hay una principal diferencia entre una botella de vino y un disco de música: una botella de vino se acaba. Uno puede comprar otra, del mismo vino, en la misma tienda, el mismo día, incluso de la misma añada, pero es difícil que le sepa igual que la anterior. Nosotros no somos los mismos, ni siquiera diez minutos después de haber terminado la primera botella.
Las circunstancias condicionan nuestra percepción tanto para disfrutar de vinos como de canciones. Así como el mismo vino nos puede parecer muy distinto en función del día que lo tomemos, también un día, de repente, entiendes una canción como no lo habías hecho antes. A mí me pasó en los años 90, de manera imborrable para mí, en dos ocasiones. En 1996 me compré el disco New adventures in HiFi, de R.E.M., en mi opinión una de sus mejores obras, aunque poco reconocida. Hacia el último tercio del álbum, había una canción que descubrí un día, mucho tiempo después de estar escuchándolo. Se titula Be mine:
Puestos a comparar vino y música, ésta es una canción que se dosifica, que se va abriendo y la última copa es la mejor de todas, y cuando llega el punto más emocionante, la canción se ha acabado, la botella está vacía. Esta lentitud de reflejos para reconocer la maravilla se repitió poco después. Mucha gente había hablado desde finales de 1994 del grandioso disco Grace, de Jeff Buckley, una de las obras imprescindibles de la historia del género-contenedor llamado pop-rock. Jeff Buckley había muerto en 1997 de manera absurda y prematura, al ahogarse en un canal del Misisipi y el disco volvió a estar en los primeros estantes de las tiendas. Dentro de un disco perfecto, hay una canción que al principio no entiendes qué hace ahí, se llama Corpus Christi Carol:
Es un excelente guitarrista californiano de 27 años cantando con voz de monaguillo un himno inglés de 1504. Dejando a un lado que este tipo de mestizaje me resulta, personalmente, de los más interesantes, ésta canción transmite pureza. Tiene la delicada pureza de un borgoña de Leroy. Comparte en mi vida Buckley con Leroy el hecho de haberme arrancado lágrimas de emoción. Una noche, escuchando el disco Grace, fui consciente de una manera terriblemente clara de que aquella persona había muerto y que, afortunadamente, antes había tenido tiempo de grabar aquella obra maestra de la emoción. Y recuerdo cómo lloré en la oscuridad de mi habitación, levantándome de la cama para respirar mejor. Un día, en El Celler de Can Roca, una botella de Madame Leroy logró lo mismo, con el mérito de ser a plena luz del día, y acompañado.
Pensar en la muerte de los artistas te hace recordar por qué muchas personas sentimos la necesidad de crear algo con aspiraciones de ser bello que nos sobreviva. Igual que con Buckley o tantos otros músicos, nos puede pasar bebiendo un Sílex de 2004, por ejemplo, que sintamos que ahí está la inmortalidad de Didier Dagueneau.
Este 2016 que acaba de terminar ha sido nefasto para la música. Han muerto muchísimos artistas. Sucede cada año, pero esta vez muchos eran grandes creadores de primera línea. En cuanto a discos, dos réquiems, de David Bowie y de Leonard Cohen, están entre lo más destacado del año.
He leído que durante el rodaje de Lazarus, Bowie supo que no le quedaba mucho tiempo. Tomando la lectura de alguien que se está despidiendo, el vídeo es espeluznante. Hacia el minuto 3, cuando el personaje que (en mi opinión) representa al Bowie joven, con salud, empieza a escribir compulsivamente, nos está diciendo que el tiempo se acaba y que, en ese momento, quiere dejar algo más para la posteridad.
Bowie, en 1973, ya había escrito sobre cómo el tiempo se escapa, y hablaba brevemente del vino. En la obra maestra Time, habla de “el tiempo, entre barbitúricos y vino tinto”, “miro al reloj, son las nueve y media… oh, Dios, ¡aún estoy vivo!”.
Un artista mucho más tranquilo, por lo menos en apariencia, Leonard Cohen, también ha muerto recientemente. Si Bowie fuera una inquieta gamay de Morgon, Cohen podría ser un solemne Pomerol de 30 años. Bowie publicó su primer disco con 20 años (fue un fracaso, esperó un par de años y volvió convertido en un genio). Cohen, en cambio, actuó como un burdeos: su primer disco lo publicó con 33 años. Antes, había envejecido bien su escritura. Había publicado libros de poemas y novelas. De ahí viene su gran depuración de estilo. También esto explica que su obra musical sea relativamente corta (hay que tener en cuenta que en los últimos años ha publicado a un ritmo inusualmente rápido en él, quizá en parte por los mismos motivos que el personaje de Lazarus). Cohen llegó a estar hasta 9 años sin publicar. Son los años que pasan entre The Future (1992) y Ten New Songs (2001). En éste último, aparece una canción en la que habla de una historia de amor y como vuelve a Boogie Street, a la soledad, en palabras del propio Cohen en una entrevista de la época:
“Boogie Street, de día es el escenario de intensa actividad comercial, y por la noche, lo es de intenso intercambio sexual… la calle del trabajo y el deseo, el lugar en el que pasamos más tiempo hasta que es relevado por el abrazo de tus hijos, el beso de tu amada, o la experiencia culminante en la que uno se disuelve… todos esperamos esos maravillosos momentos, pero luego volvemos a la Calle Boogie”
Uno de esos momentos, considera Cohen es “a sip of wine”, un trago de vino:
En el reciente disco, You want it darker, Cohen abre la canción Treaty con la frase de referencia bíblica: “Te he visto convertir el agua en vino”. Habla del milagro de Cristo al que más me hubiera gustado asistir para alabar la felicidad que sentía junto a un amor ya perdido, un tema muy recurrente en Cohen.
La escucha completa del disco me recuerda a una experiencia que tuve una vez con gran vino, de esos enormes Riberas que tienen sobre 40 años y han dejado de estar excelentes, pero conservan algo de lo que fueron. Una de esas botellas que abres, disfrutas al principio, celebras y te maravillas por cómo ha superado el paso de los años, pero pronto te das cuenta de que está cayendo al oxigenarse: el tiempo se te escapa.
Lorca, que fue un poeta decisivo en la formación de Leonard Cohen, dijo que un artista sólo puede atender a tres voces: la muerte, el amor y el arte. Cohen, en 1988 musicó libremente un poema de Lorca, Pequeño Vals Vienés.
Para estar de acuerdo o no con las ataduras artísticas que propone Lorca, cabe antes preguntarse qué es arte. Se suele decir que el arte es un acto estético y comunicativo en el cual se expresa una manera de ver el mundo. Esta visión del mundo depende en una proporción importante, de la cultura, a través de la cual el artista recoge toda la historia que le ha sido transmitida.
Un día, hablando con el gran cocinero Joan Roca, ante mis halagos hacia él como artista (creo que hablando del plato que tienen dedicado a la alcachofa), él decía que se consideraba a sí mismo, más que un artista, un artesano. No estuve de acuerdo con él, aunque entiendo que la modestia es otra más de sus virtudes. Creo que hay arte en muchos lugares, más allá de la música, la pintura, la literatura, etc. Y creo que un factor importante –aunque no suficiente– es la intención. Si hay intención, hay arte. Luego, ese arte puede ser de una calidad u otra, puede gustar a unos pocos o a muchos, puede pervivir al paso del tiempo o ser fruto frágil de una época y morir con ella. Pero el artista quiere, por un motivo u otro, gustar. E importante: el artista recoge la herencia histórica y la pasa por su sistema conceptual. A menudo, con una finalidad trascendente. Estoy totalmente de acuerdo en que el artista artesano tiene un valor añadido al artista visceral. Para entendernos, prefiero los discos de Iggy Pop producidos por David Bowie:
En los platos de los grandes restaurantes hay herencia, personalidad y ganas de gustar. Y lo mismo pasa con los vinos. Hay una cultura: son necesarios ciertos bagajes para llegar a valorar determinadas botellas. No le recomendaría a un adolescente los mismos discos que le recomendaría a un adulto que ya conoce muchas cosas, esto es una obviedad, pero aprovecho para poner un ejemplo:
Recomendaría a un chico de 17 años que muestra interés por la música pop-rock que vaya a unas raíces accesibles:
A alguien que me pida algo igual de bueno, pero más complejo:
El vino es arte. Hace poco abrimos en casa un Dofí 2004. Eso era arte, sin ninguna duda. Y un Cirsion 2006. Y un Clos de l’Arlot 2005. Y un Son Negre 2004… bien, en este caso, doblemente, porque las etiquetas de Miquel Barceló le dan una segunda dimensión.
La última gran experiencia vinícola del año fue abrir un espectacular Sot Lefriec 2000 con sus creadores, Irene y Laurent. Hace tiempo que pasamos la Nochebuena juntos. A consecuencia de nuestra amistad, ellos han contribuido a que uno de mis discos sea un poco más conocido, ya que le pusieron su nombre al xarel·lo que hacen en Garraf, Principia Mathematica, con etiqueta, por cierto, del gran artista plástico Evru.

Estuve hablando con Laurent del paralelismo que hay en la construcción de un vino con la construcción de una canción. Personalmente, suelo hacer “largas maceraciones”: dejo que las ideas de canciones se queden en la cabeza durante meses, de manera que las palabras se van puliendo y se van adaptando a la métrica y al ritmo. Hasta que no te parece perfecta, siempre hay una palabra que puede quedar mejor. En el proceso de grabación, hay una fase que tiene una equivalencia absoluta con el vino: la mezcla. En el mundo del vino, la decisión del coupage es exactamente igual que las muchas decisiones de mezcla. Como suelen decir los elaboradores, hay que partir de una buena materia prima, tienes que haber grabado con calidad buenas interpretaciones. Luego, tienes que saber tratar cada una de las partes, aplicando reverberación, compresión, ecualizaciones acertadas, inoxidable, madera nueva o vieja… Y cuando lo tienes todo a punto, tienes que encontrar el volumen de cada instrumento, el porcentaje de cada uva, de cada parcela.

Si bien en la música tenemos muchas más variables y parámetros a ajustar, no cambio esa dificultad por la presión que implica tener una única ocasión al año para acertar. En la grabación digital disponemos del CTRL+Z. Otra diferencia, a sumar a la que comentaba al principio, entre un vino y un disco.
Àlex Torío
Àlex Torío es músico y físico. Trabaja como profesor de matemáticas y como colaborador radiofónico, donde habla sobre historia del pop-rock. También es aficionado al vino, hasta el punto de producir y copresentar junto a su pareja, Empar Moliner, un programa de radio sobre el tema en Catalunya Ràdio, “Tast Vertical”. Como cantautor –en lengua inglesa– tiene publicados 5 discos y el sexto está en fábrica en estos momentos.