No sólo de uva fermentada se alimenta el vino y no sólo de vino vive el hombre. Dentro de una botella también encontramos cultura y civilización, así como esnobismo. Y reconozcámoslo, muchos de los consumidores y entendidos del vino somos mitómanos.
Cuando empezamos a apasionarnos por él devoramos todo buen libro que nos explica historias ocultas tras una etiqueta, reveladas años más tarde, como quién encuentra el mapa de un tesoro.
¡Nos apasiona un buen cuento!
Autores como Alexis Lichine con sus historias bordelesas, las descripciones de la vida borgoñona de Clives Coates, el puntilloso reporte de John Gilman o las anécdotas viajeras de John Livingstone-Learmonth, por destacar algunos autores, nos despertaban la curiosidad narrando interesantes relatos sobre familias viñateras y trasladándonos a terruños únicos. Anecdotarios que elevaban algunos vinos a la categoría de míticos, ensalzando y descarnando el devenir de las diferentes dinastías vínicas que se creaban o se rompían por el interés, la vanidad, la egolatría o la simple envidia. Pura humanidad. Y nosotros, buscando botellas para corroborar tanta palabra.
La mitificación del mito en la red
La exclusividad vínica, normalmente proveniente de la Champagne, Burdeos y Borgoña, históricamente sustentada en generaciones y generaciones de viticultura y calidad, ya era reconocible desde el siglo XVIII, y la creciente demanda convertía los vinos en bienes de lujo, sólo aptos para economías pudientes. Si no se contaba con los posibles, todo era cuestión de organizarse y juntarse unos cuantos enófilos para probar dicha exclusividad.
Pero en estos tiempos virtuales, donde somos esclavos de las diferentes redes sociales y nos gusta compartir lo que bebemos, al enochalado le ha surgido un problema. Existe una serie de vinos que han llamado la curiosidad de muchos enófilos y se han convertido en el más obscuro objeto de deseo, a pesar de tratarse de vinos quiméricos, casi inexistentes.
Se trata de los unicornios del vino o Unicorn Wines, vinos generalmente de escasa producción, menos de 1.200 botellas (aunque esta cifra varíe), producidas en algunos casos por viticultores ya jubilados o fallecidos, que por calidad e historia merecen ser recordados.
¡Lógicamente, todo buen aficionado que se precie debe encontrar y probar! El vino imposible de los que muchos hablan y de los que pocos disfrutan.
Henri Jayer y el nacimiento del unicornio
Seguramente fue con el vigneron borgoñón Henri Jayer con quién empezó este fenómeno. Tras su fallecimiento en el año 2006 todo se desmadró. Eran tiempos en los que te pedían pequeñas fortunas por su Richebourg Grand Cru o su Vosne-Romanée 1er Cru Cros-Parantoux, hasta cierto punto lógico por la fama del viticultor y su fuerte demanda promovida por la exaltación de la crítica a la figura de Jayer.
Pero la irracionalidad del mitómano a veces conlleva auténticas aberraciones, comprobadas en recientes subastas de la casa Sotheby’s, donde se han licitado botellas de su Passe-Tout-Grains 1988 por más de 650 euros la botella. Este tipo de vinos se elaboran con las peores uvas de la casa, cuya capacidad de envejecimiento no parece ser la más adecuada. El hecho es que los vinos de Henri Jayer se han convertido en verdaderos bienes de especulación.
Sin duda, el ejemplo de Jayer sea el más extremo. En realidad, los vinos de los vignerons desaparecidos solían ser más contenidos en precio debido a que eran elaboradores no tan cotizados en sus tiempos. Valorados pero no mitificados. Lógicamente, este aumento virtual del interés por estas rarezas se hace notar en su cotización actual. En Borgoña volvemos a encontrar claros ejemplos de ello con los rústicos vinos de Jacky Truchot de Morey-Saint-Denis o el finísimo René Engel en Vosne-Romanée. Cada vez más imposibles.
El fenómeno en el Ródano
Pero donde más se da un mayor número de ejemplos de vinos de vignerons perdidos es en el Ródano septentrional. Figuras como Marius Gentaz-Dervieux en la Côte-Rôtie, Raymond Trollat en Saint-Joseph o Nöel Verset en Cornas destacan para los buscadores de recuerdos. Elaboradores de la vieja escuela, que vinificaban en viejas piezas de madera, parcialmente sin despalillar y extrayendo sus respectivas interpretaciones de la Syrah de manera extraordinaria.

Rarezas actuales: de Francia al mundo
A veces, estos vinos tan escasos proceden de casas renombradas que aún siguen produciendo vino de calidad pero que elaboran nanocuvées de una determinada parcela, como es el caso del Hermitage Vin de Paille, elaborado por la familia Chave. 1.000 botellas de 37,5cl. para todo el mundo. Un milagro toparse con una de esas pequeñas botellas.
El Loira tampoco se escapa a este fenómeno: Edmond Vatan de Sancerre, Clos Rougeard en Saumur-Champigny o Pierre Overnoy en el Jura son referentes absolutos de la mitificación reciente.
Fuera de Francia suenan nombres como Edoardo Valentini (Montepulciano d’Abruzzo), Giuseppe Quintarelli (Amarone y Recioto) o Weingut May-Kirchen en Alemania (Riesling).
¿Y en España?
Aunque la mayoría conocemos la leyenda del Pingus 1995, es en Jerez donde se hallan los incontrables. Botellas antiguas de Manzanilla La Celada, Amontillado del Pago de Macharnudo o el 25GF de Gaspar Florido se consideran verdaderos tesoros. Destaca también La Bota de Amontillado nº49 del Equipo Navazos.

¿Y quiénes serán los próximos?
Habrá futuros unicornios, sin duda, pero sólo los prescriptores y consumidores los convertirán en eternos.
¿Serán los elaboradores que se quedaron con los viñedos de estos viticultores los próximos elegidos por los winegeeks? René Rostaing ya apunta maneras. También los hermanos Gonon, herederos del legado de Raymond Trollat, tienen papeletas.
Pero es especular. Sólo el criterio en la cata podrá determinar si estamos ante grandes vinos, alejándonos de los cuentos.
Víctor Franco
Economista de oficio, consumidor y apasionado del vino. Desde 2006 escribe PoLaKia y ViLaKia, blog de relatos sobre vino. Recientemente ha lanzado TAST A TAST, proyecto de microcrítica gastronómica.