Por Daniel Fernández

Creo que no hay civilización humana que no haya encontrado alguna forma de consolarse de la vida y superarla. Vamos, que no es civilización si no hay alguna forma de embriagarse, de acrecentar o disminuir los sentidos y la percepción, de buscarle los resquicios a la realidad incluso con el riesgo de sufrir pesadillas y la temida resaca de la mañana de después. Digo esto porque, en nuestra vieja cultura occidental, beber es una muestra de civilización y una necesidad. Y aunque la cerveza sea más antigua que el vino, es el fruto de la vid quien ha acabado simbolizando y destilando (valga la obviedad) nuestra cultura, hasta el punto que el pan y el vino configuran la eucaristía cristiana.

Pretender abarcar, por ello, la inmensidad de las relaciones entre el vino y las distintas bebidas alcohólicas y las letras y pensamientos de nuestra civilización, es tarea inabarcable. Así que nos vamos a limitar, con la modestia del catador, pero con la bulimia del bebedor, a dar y ver algunos de los momentos, tal vez caprichosamente elegidos, de esa extensísima relación.

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Si hablamos de la Biblia hablamos de Noé y de su famosa embriaguez, que hizo que no fuese tan casto. Pero aún hay más. El Eclesiástico, uno de los libros deuterocanónicos, fechado hacia el año doscientos antes de Cristo, condensa claramente lo que aún creemos de nuestros banquetes y vidas: “¿Qué es la vida a quién le falta el vino?” (Eclo. 31,27). Vamos, que no hay mesa que sea tal sin que el vino la corone. Y es cierto que el mismo libro luego nos explica prolijamente que beber con moderación da fuerzas, conserva la salud, mejora la vida, fortalece el amor y el cuerpo, despierta la agudeza y el ingenio, tonifica y da calor y mejora el ánimo del triste. Por el contrario, beber en exceso quita las fuerzas, la salud y el buen juicio.

Es así. Lo sabemos y nos damos por advertidos…

Son los mismos argumentos de los Denuestos del agua y el vino, un diálogo entre ambos líquidos que forma parte de la Razón de amor, obra del XIII que ya deja bien claro que el poco y buen vino mejora a quien lo bebe y el mucho la aturde… Con respecto al agua, saltemos varios siglos y concretemos la grosería de W.C. Fields, el cómico norteamericano de cara granujienta y beoda que afirmó aquello de “Yo nunca bebo agua. Los peces fornican en ella” (otra versión, más edulcorada, afirma que dijo “Los peces hacen sus asquerosidades en ella”).

Hagamos otra pausa en este viaje de lo universal a lo particular para señalar que los españoles (o mejor, los hispanos, es decir, los habitantes de la península ibérica) son de antiguo conocidos por su afición al trago. En el bajo Imperio, y cuando el latín ya se había extendido y relajado, los hispanos confundían la pronunciación de b y v, con lo que el ingenio romano solía burlarse diciendo que “Beati Hispani, quibus vivere est bibere”, lo que era un juego de palabras que venía a decir que “Felices los hispanos, para los que vivir es beber”. Así somos y así hemos sido.

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Baco, dios del vino

Gonzalo de Berceo, el clérigo y juglar, pedía como pago a sus recitados en la Rioja “un vaso de bon vino”, también en el siglo xiii, mientras que la Celestina, ya en el xv, hace un discurso bellísimo aunque algo bellaco en elogio del vino. Y su presencia en la literatura de nuestros siglos de oro ya es absoluta y cotidiana: Lázaro de Tormes se lo roba y bebe al ciego al que fue vendido por su madre; don Quijote pelea con odres llenos de vino pero también lo disfruta y alaba; en Quevedo y en Lope está presente, como en tantos otros. Y más allá, por supuesto, también hasta el romanticismo de un José de Espronceda que quiere el vino del olvido en A Jarifa en una orgía, “Dadme vino: en él se ahoguen/mis recuerdos; aturdida,/sin sentir huya la vida;/paz me traiga el ataúd.”

No son éstos, volvamos a precisarlo, más que cuatro apuntes a vuelapluma que, debidos a la amistosa insistencia de Quim Vila, lo más que pueden hacer es darnos sed, como un vaso de buen vino. Y ganas de beber más y de profundizar en esa relación entre el vino, los poemas, las letras, sus novelas, las músicas y sus canciones.

Y si hemos visto unos pocos de los muchos ejemplos que podríamos dar de nuestra patria, qué podríamos decir de los muchos más que pueblan la literatura universal…

Publio Ovidio, el Nasón, ahoga sus penas y cuitas de amor en vino. Y lo elogia y disfruta, pues le da la vida. Catulo, otro poeta de la antigüedad romana, nos dice que los besos de su amada embriagan como el vino. Y así cientos, sin olvidar al gran bardo, Shakespeare, que anduvo siempre por tabernas y bebió lo que pudo, probablemente lo mejor y también lo peor…

La lista de escritores que se han echado en brazos del alcohol es amplia y repleta de nombres famosos. Algunos murieron en medio del delirium tremens. Otros no. Pero todos bebieron y vivieron. Charles Baudelaire, por supuesto, quien probó la absenta, la bruja verde; y que nos dijo aquello de que “Hay que estar siempre borracho. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo hay que emborracharse sin tregua. Más, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, según vuestro gusto. Más emborrachaos”.

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Baudelaire y El vino de los amantes

Malcom Lowry, Dylan Thomas, Edgar Allan Poe, Fedor Dostoievski, Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Juan Carlos Onetti, Charles Bukowski, Truman Capote, Marguerite Duras, William Faulkner, Tenesse Williams, Dorothy Parker, Patricia Highsmith, Oscar Wilde y tantos y tantos otros tienen en el acohol tal vez la razón de su obra, de su triunfo y de su destrucción.

Bukowski lo dejó escrito: “El problema de la bebida es que si te pasa algo malo, bebes para olvidar. Si te pasa algo bueno, bebes para celebrar. Y si no te pasa nada, bebes para provocar que suceda”.

Verlaine, Rimbaud o Thomas de Quincey son indisociables de los destilados, por más que otras drogas asomen ya envueltas en la telaraña básica del beber. Julio Cortázar (léase El perseguidor) no se entiende sin sus libaciones, como tampoco Jack Kerouac o Boris Vian (el pianocóctel de La espuma de los días!!). Por no hablar de Aldous Huxley, Henry Miller o los mismísimos y sólo aparentemente circunspectos Tomas Mann y Herman Hesse.

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W.C Fields, Oscar Wilde, Marguerite Duras y Dorothy Parker

El vino de los persas, el de los griegos, el de los romanos, los vinos de Francia e Italia, los de España, el tokay, el oporto, el amontillado (¡aquel cuento de Poe!) entre los muchos vinos de Jerez, los vinos que llevamos al Nuevo Mundo y que ahora vuelven y nos embriagan… Su historia y sus leyendas son las de nuestra civilización. Y en los tiempos de enfrentamientos y discrepancias, algunos somos de los que creemos que no hay disputa que no se pueda resolver con, precisamente, civilización, una mesa, dos sillas, tolerancia para la bebida y una botella, jarra o frasca de buen vino sobre el mantel. Con dos copas bien servidas y que puedan volver a llenarse es difícil no llegar a acuerdos razonables entre gentes razonables.

Bebamos pues, pues estas líneas ya nos están dando sed, por todos los alegres bebedores, de Falstaff a Sancho Panza sin olvidar al bueno de mister Pickwick. Y bebamos por todos los bebe-sin-sed del mundo, empezando por el capitán Haddock, su santo patrón. Y bebamos por Gambrinus, que llegó a santo, y por el bate Pierre Perignon. Brindemos incluso por Ulysses Simpson Grant, general y presidente de los Estados Unidos, que se puso a beber una noche con la firme intención de declararle la guerra a España y el vino le hizo cambiar de opinión, junto con algún whisky que otro, probablemente.

Wiston Churchill

Para acabar, recordemos a otro santo patrón de los bebedores del mundo, Winston Churchill, que declaró, cuando Estados Unidos proclamó la desdichada Ley Seca, que era “una afrenta a toda la historia de la humanidad. Y a la humanidad”. Sus frases célebres sobre puros, whisky o vino darían para más espacio del que tenemos, pero permítanme recordar una última anécdota, algo sicalíptica y tal vez un punto inverosímil. Se cuenta que, en una recepción en Canadá, con la segunda guerra mundial ya concluida, a Winston Churchill lo sentaron junto a un austero metodista. Tras los postres, una atractiva camarera le ofreció algún licor y parece ser que Churchill se decantó por un buen vaso de whisky. Al ofrecerle un vaso al metodista compañero de mesa y velada, éste no tuvo mejor ocurrencia que, para dejar claros sus altos principios morales, espetarle a la camarera que “antes cometería adulterio que probar el alcohol”. Nuestro Churchill, al oír tamaña sandez, rápido como el rayo como era y de lengua afiladísima gritó a la camarera: “¡Señorita, vuelva! ¡No sabía que se podía elegir!”.

Va a su salud, y a la de todos los que podamos elegir…

Daniel Fernández
Es licenciado en Filología Hispánica (Universidad Autónoma de Barcelona, 1984) y diplomado en Administración de Empresas Culturales (ESADE y Graduate School of Public Administration, NY University). Ha ejercido de profesor de Lengua y Literatura Española (1984-1987) en la Universidad Autónoma de Barcelona. En su extensa trayectoria en el mundo editorial destaca la dirección de la revista Saber (1985-1986) y L’Avenç (1987-1999). Entre 1990 y 1993 fue Director General de Ediciones Grijalbo S.A. Y del 1993 al 1995 fue Director Literario del grupo editorial Grijalbo-Mondadori. En la actualidad, es Editor y administrador de la editorial EDHASA –que incluye Castalia Ediciones además de la propia Edhasa- y que está presente con oficinas propias en España y Argentina. Ha sido y es colaborador habitual en prensa escrita, radio y televisión. Actualmente mantiene una columna de opinión en el diario La Vanguardia y participa en el programa de televisión 8 al día dirigido por Josep Cuní. Fue presidente del Gremi d’Editors de Catalunya y de la Cambra del Llibre de Catalunya. Ha sido consejero del ICEC (Institut Català de les empreses culturals) y de CELESA (Centro Exportador del Libro Español), ambas con participación pública y es miembro de diversos patronatos y asociaciones. Es el representante español en el comité directivo de la IPA (Internacional Publishers Association) desde 2013. Y desde este 2015 es el presidente de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), entidad que agrupa a las empresas editoriales del reino y de la Cámara del Libro de España.