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La botella maldita y otro hombre

Por Jordi Llavina                          
Para Oriol Guevara, my own private wine counselor

Es la primera vez que voy a contar esto. Me refiero a que es la primera vez que voy a relatarlo públicamente, en una forma digamos literaria, porque el hecho es conocido por mis amigos más allegados, tres o cuatro, no más. El día fatal fue uno de diciembre del año 2003. Apenas recuerdo nada más del año 3 del nuevo milenio, porque lo que ocurrió en ese último mes consiguió borrar todo lo que había habido –malo o bueno– con anterioridad.

La protagonista del relato, del recuerdo que estoy a punto de narrar, había sido una de mis profesoras en la facultad de filología, a finales de los ochenta. La profesora, debería añadir (y en la rotundidad del artículo determinado y único incluyo a profesores varones y profesoras hembras: no había otro ni otra como ella). Entonces ya era una persona tan admirada como inaccesible, que lo sabía todo acerca de la literatura medieval francesa y occitana: la aportación singular de determinado trovador, las raíces mágicas de una figura mitológica, la difusión de determinado tropo en la canción de gesta francesa del siglo XI. Si no me falla la memoria, había escrito una tesis sobre la recepción, durante el último tercio del siglo XIX, del célebre Roman de la Rose; una tesis que había leído a mediados de los ochenta en la Sorbona ante un tribunal de lujo, que la había distinguido con un indubitable cum laude.

De esos mis años en la facultad de letras, recuerdo que ciertas mujeres –y hasta algunos chicos que nosotros considerábamos algo afeminados: también se perfilaban la raya negra bajo los ojos– acolchaban grotescamente su figura a base de unas incalificables hombreras, que cosían bajo la tela. En ese panorama de la moda post-movida madrileña, ella no podía sino sobresalir por su aliño indumentario, por lo general extremo, que se adelantaba en el tiempo a ciertos atavíos grunge, llamémosles así. Mi profesora era una mujer que podía dejarte patidifuso con una sola respuesta. Su belleza rara no atenuaba ni mitigaba en absoluto su inteligencia intemperante. Muy al contrario, la hacía aún más despiadada, más insultante si cabe. Si se fijaba en ti, en clase, y, antes de abrir la boca, te miraba fijamente a los ojos y movía la cabeza asintiendo, entonces estabas perdido. A mí me pasó en cierta ocasión: me preguntó sobre un símbolo en un poema de Arnaut Daniel. Yo respondí correctamente, y hasta adorné mi respuesta con algún detalle innecesario, con la intención de demostrar que llevaba el tema perfectamente preparado y que no le sería fácil pillarme en falta. Ella, consciente de que no podía replicar en nada mi respuesta –que había sido, me está mal el decirlo, impecable–, reconoció mi mérito. Pero acto seguido, puesto que me había distinguido con su atención, no pudo reprimirse la siguiente observación: “No vaya a creerse usted que siempre correrá la misma suerte con mis preguntas, señor Llavina”. Más de treinta cabezas se volvieron para saber quién era el tal Llavina, que, desde ese preciso instante, no había de tener tanta suerte en las clases de nuestra profesora (y estoy seguro de que unas veinte o veinticinco cabezas más debieron de clavar sus ojos en mi cogote, sorbiendo de la herida abierta que ella había dejado en mi conciencia). Durante unos veinte días, los siguientes a la mañana que acabo de describir, no tuve el valor de volver a sus clases. Por fortuna, mi profesora no se había preocupado de comparar mi ausentismo en su asignatura con la escrupulosa asistencia al resto de clases del curso. El día que, finalmente, regresé al aula, ella se había cortado el pelo casi al cero. Todo el mundo empezó a llamarla Midons Sinéad O’Connor.

El día de mi vuelta a sus clases, sobre las diez de la mañana, ella me dedicó una mirada furtiva: ¿podría ser que no me hubiera reconocido? Me sentí más triste que nunca, y entendí que esa mujer por la que no podía ocultar una fascinación enfermiza tenía la capacidad de alterarme el pulso. Sin embargo, pronto iba a terminar el curso. Con algo de suerte, obtendría una calificación aceptable, y podría empezar a planificar mi cuarto curso, en el que me centraría ya en mi especialización.  Me otorgó un sobresaliente. En junio de ese año, en 1989, nos vimos por última vez. Por última, debo aclarar, hasta el momento del reencuentro que voy a recordar en breve.

Pasaron catorce años. Yo no la había visto nunca más. Sabía de ella por los periódicos, por algunos libros que había publicado y que habían gozado de cierta repercusión más allá del ámbito académico, por las noticias de algún congreso internacional sobre temas medievales en el que participaba. Pero nunca habíamos vuelto a coincidir físicamente.

Hasta la tarde del extraño encuentro en una librería anticuaria de la ciudad de Vic, donde ella había acudido a recoger una edición italiana sobre un trovador provenzal de segunda categoría y yo había entrado a matar el tiempo. Estaba ya dentro cuando yo entré. No exagero ni un ápice si digo que se me puso de inmediato un nudo en la garganta.

Me reconoció:
–Tú eras…–dudó–. Sí, me viene, me viene: Llavina, ¿no? Jordi, si no recuerdo mal.
Lo dijo con una simpatía algo excesiva que me hizo desconfiar. Y, a continuación, acercó su cara a la mía, y me dio un par de besos. Aquella pregunta con respuesta incluida, los dos besos… Todo ello era como la demostración, por un lado, de que la relación jerárquica profesora-alumno ya había expirado, y, por el otro, de que, a partir de ese momento, podíamos iniciar otro tipo de relación. Más franca, más de tú a tú.

En aquel tiempo, yo hacía un programa de libros en la radio pública catalana. Era un espacio de tarde-noche, que se llamaba Fum d’estampa. Me halagó sobremanera saber que, siempre que le era posible, “mayormente, mientras cocino”, me escuchaba.

Esa tarde yo tenía una cita inaplazable. Pero ella manifestó su deseo –¡no me lo podía creer!– de sentarnos un día los dos, con calma, y, “por qué no, charlar mientras comemos o cenamos algo en algún restaurante no demasiado concurrido”. Nos dimos cita para al cabo de unos diez días.

En la vida, me he sentido mal infinidad de veces. Pero diría que nunca, hasta ese momento, había probado el acre sabor de la humillación. O no, por lo menos, con idéntica intensidad.

Ella eligió el restaurante, en Sarrià (quizás el barrio más inglés de la ciudad de Barcelona). Cuando yo llegué, tres minutos después de la hora acordada, ella ya me estaba esperando. Era una mujer más madura que en mis años de facultad, por supuesto. Pero seguía siendo una belleza rotunda, nada convencional. Y me daba la impresión de que el vínculo, basado en la severidad y en la distancia, que había establecido siempre con sus alumnos se había roto por completo. Acaso resulte un tanto presuntuoso reconocerlo, pero, desde la tarde de Vic, pensé que ella había mostrado un interés por mí fuera de lo común o lo previsible. ¿Por qué había insistido tanto en vernos en esa relativa intimidad de un restaurante? ¿Qué debía querer de mí esa mujer inteligente y culta?

La cena discurrió moderadamente bien hasta la llegada del vino estrella. También, en este caso, fue ella la que escogió la botella. No revelaré todavía el nombre. De hecho, lo señaló en la carta al sumiller, que puso cara de asombro, de manera que yo no podía saber de qué vino se trataba. Se guardó muy mucho de que pudiera verlo. Poco antes de hacer su elección, se había apropiado de la carta de vinos, para que yo no pudiera sospechar nada de nada. Ya intuí que no se trataba de un caldo cualquiera: en el momento de traérnoslo a la mesa, el sumiller llegó acompañado del que debía ser el propietario del restaurante, un hombre atildado con cara de nuevo rico. Éste último se deshizo en elogios hacia aquel vino —una de las dos únicas botellas que habían recalado en su afamada bodega— y, más aún, hacia aquella respetable clienta, que acreditaba un gusto tan exquisito. Antes de que fuera capaz de leer ningún nombre o añada, ella cometió la salvajada de arrancar la etiqueta. Mejor dicho: de arrancar las dos etiquetas de la botella: la cuadrada, la prescriptiva, y una segunda, romboidal, que apenas tuve tiempo de ver que estaba pegada bajo la otra.

LErmita_AlvaroPalacios_VilaViniteca Vendimia 2015 en L’Ermita

Elogió la excelencia de aquel Priorat. Yo estaba más pendiente de su voz, con el embeleso que, tantos años después, seguía provocando en mi conciencia, que de sus explicaciones. En un momento de su sesudo monólogo, quise citar unos versos de Omar Khayyam:

El vino tiene el color de las rosas.
Tal vez no sea sangre de viñas, sino de rosas.

Ella se refirió al poeta persa, pero sin llegar a abandonar la loa del vino que acababa de pedir. Y fue aquí cuando todo empezó a torcerse, y yo tuve la sensación de ser un púgil solitario en medio de un ring, al que golpean sin tregua ni compasión ningunas varios boxeadores expertos que se van turnando en el cuadrilátero. Me puso a prueba, de la forma más cruel que uno pueda imaginar: despreciándome al ver que no sabía un pijo de vinos, por mi nula capacidad no tanto de reconocer el vino en cuestión como de no ser consciente de lo que estábamos bebiendo. Cada una de sus consideraciones era un revés derecho a mi mandíbula. No, algo mucho peor: un mazazo a mi conciencia, que ya llevaba un buen rato reparando en que la profesora era, en efecto, la misma persona que yo había conocido tantos años atrás y no otra: un ser extrañamente amargado, y hasta vil. Ella me inquiría sobre el caldo, sobre la añada, sobre otros pormenores, sobre mis percepciones en la cata. Cómo definirías el color, qué hay detrás de este vino. Yo no sabía nada, o, si sabía algo, me había quedado completamente en blanco, porque soy un catador bisoño. Lo estaba pasando fatal, sudaba, tenía la camisa empapada, pegada a la espalda, supongo que me pondría más colorado que un tomate… Pensé Tierra, trágame. Había llegado a la cita en el restaurante pensando que el caprichoso azar que, días atrás, nos había juntado, ahora acaso nos uniría en una especie de amor a destiempo, un amour fou… ¡Quién sabe! Nada más lejos de ello. Aquella botella de un vino excelente fue la maza que sirvió para molerme hasta el último hueso. Peor aún: la que convirtió los huesos invisibles de mi alma en picadillo.

Entonces pidió la cuenta, pagó con tarjeta. El número que vi estampado en ese pedazo de papel me alarmó. Lo que habíamos comido estaba muy bueno, pero aquella cifra tan alejada de mis modestas posibilidades económicas y hasta morales debía de corresponderse, a la fuerza, con el vino tan controvertido. Un vino que parecía haberse elaborado con las uvas de su ira.

Ya fuera del restaurante, paró un taxi. Lo último que me dijo, lo último que le he escuchado desde entonces, fue:
–Lo siento, me confundí. Creía que eras otra persona… otro hombre. Toma.

Y me alargó la etiqueta que había arrancado hacía no más de dos horas de la botella, la cuadrada. Mientras su taxi se perdía en la avenida, leí L’Ermita 1999, y el nombre y la añada no me dijeron absolutamente nada. Después he sabido muchas cosas de este vino. Desde esa noche llevo la etiqueta en mi cartera, como un beato llevaría la estampita de un santo. Tantos años de estancia entre billetes y recibos han hecho que la etiqueta haya perdido algo de su tinta y de su lustre. También va perdiendo tinta y lustre el recuerdo de esa mujer apasionante que hoy en día debe de ser una vieja. 

CREATOR: gd-jpeg v1.0 (using IJG JPEG v80), quality = 90 L’Ermita 1999

 

Jordi Llavina (Gelida, 1968)
Licenciado en filología catalana por la Universidad de Barcelona y durante dos décadas se ha dedicado profesionalmente al periodismo. Presentó y realizar, durante cinco años, el programa de libros diario Humo de estampa, en Catalunya Cultura. Como crítico o columnista, publica regularmente en El Punt Avui, La Vanguardia, Sapiens, El Mundo y El 3 de vuit. Ha presentado el espacio de entrevistas El quadrat verd para Barça TV. Y los de libros El book insignia (junto con Gaspar Hernández) y L’última troballa, para la Red de Televisiones Locales. Ha publicado los libros de poemas La corda del gronxador (premio Joan Alcover de poesía), Diari d’un setembrista (premio Alfons el Magnànim, de la Diputación de Valencia, y premio de la Crítica Serra d’Or), País de Vent ( premio Vila de Martorell de poesía), Vetlla (Premio Octubre 2011 y Premio de la Crítica), Contrada y, hace muy poco, Matí de la mort. Como narrador, ha sacado Ningú ha escombrat les fulles, Londres nevat (este último ha sido traducido al asturiano) y la novela El llaütista y la mendiga. Ha publicado la novela para niños La arqueta de los relojes (SM). El ensayo Neu, fang, rosada, constel·lació, dedicado a la poesía de Joan Vinyoli. También es autor de la obra La vinya i el vi a Catalunya. Colabora con el Museo de la Vida Rural en tareas de promoción y dirige la colección de temática etnográfica del mismo museo. Durante el año 2014, hizo de comisario del Any Vinyoli, nombrado por la Institució de les Lletres Catalanes.