Por Arturo San Agustín

El otoño es humilde como los leñadores. Así veía el otoño el poeta chileno Pablo Neruda. Yo, el otoño, olvidando que una vez pude presenciar aquellos trabajos que mis mayores llamaban vendimia, siempre lo viví como un presagio de la tristeza inminente, es decir, de la falta de luz natural, de ese día que mengua, que va menguando hasta que se apodera del mismo el severo invierno. Ahora, desde hace unos años, desde que tengo amigos en el mundo del vino, desde que puedo asistir a alguna vendimia, el otoño ya no me entristece. He vuelto, pues, a recuperar una de las imágenes que marcó mi infancia.

El ruido que el martillo del herrero provoca o provocaba al golpear contra el yunque y domar el hierro enrojecido, candente, forma también parte de mis recuerdos infantiles. Aquella escena sudada, aquel ruido cadencioso, aún pude disfrutarlo en el pueblo de mis abuelos y durante las vacaciones estivales. Recuerdo la imagen del herrero y la del alfarero, mago de las formas y la arcilla. Pero ninguna de esas dos imágenes o escenas me impresionó más que la que protagonizaban aquellos labradores que, descalzos, pisaban las uvas en el lagar. Porque, en una ocasión, viajamos al pueblo donde vivían mis abuelos en la época de la vendimia. ¿Qué carajo pude intuir yo en aquella escena que tanto me impresionó?

Siempre he tenido al vino como uno de mis mejores amigos y el único que es capaz de desenmascarar en voz alta y en el momento oportuno a quienes pretenden engañarnos. Pero ahora el vino, además, y por diversas razones, me ha devuelto a una dimensión espiritual. Y sólo el vino es capaz de ayudarnos a alcanzar esa dimensión. Quizá, pienso, habría que divulgar esa cualidad del vino, quizá habría que insistir en ella ahora que son muchos los que buscan dimensiones espirituales donde nunca las encontrarán. Y debe quedar muy claro lo que todos sabemos: que una cosa es la espiritualidad y otra la religión.

En el vino están los dioses griegos, los héroes antiguos, las sacerdotisas y todo aquello que algunos llaman tiempos paganos. En el vino está la Biblia, ese hermoso libro que no todos leen con ojos religiosos. En el vino está la historia del viejo Israel y nuestra historia, la de Europa, es decir, los monasterios cristianos, las abadías, las cartujas. Hábitos, capuchas, silencios, abusos, mulas, tenacidades, viñedos, tierras pobres, que, sin embargo, ya supieron valorar y entender algunos en los tiempos anteriores al cristianismo. En el vino está Jesús, quien, según los entendidos, instituyó la ceremonia de la Eucaristía, en la denominada Última Cena, con uvas de la variedad syrah. Vayan ustedes a saber, pero así me lo aseguró un viejo monje en el Líbano. En el vino está Shakespeare, que casi todo lo escribió bien y muy sonoramente. Y diciendo Shakespeare tal vez ya no sea necesario insistir más, porque Edgar Allan Poe es otra cosa.
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Nada me alegra más la visión que poder contemplar a una mujer descalza pisando uvas. Y esa escena yo la he vivido y disfrutado, junto a unos viñedos, en unas bodegas que están en Sardón de Duero. Mientras aquella muchacha morena, cocinera, pisaba las uvas yo veía en ella el misterio de la vida e incluso a Ulises y todos los Mediterráneos. El cerebro es así. La escena que propició aquella mujer descalza pisando las uvas me vino a la memoria, me regresó, una mañana que, por razones profesionales, periodísticas, me encontraba en el Vaticano.

En el interior de la basílica de San Pedro, a primera hora de la mañana y mucho antes de que los turistas y peregrinos accedan a ella, el poderoso barroco aún te impresiona más, pero donde el misterio se vive mejor es bajo la basílica, en las llamadas grutas nuevas. Concretamente en la pequeña, estrecha y austera capilla Clementina, que está muy cerca de la supuesta tumba de San Pedro, de las tumbas de otros papas, de algunos sarcófagos paleocristianos y también de remotos restos arquitectónicos. Fue en la capilla Clementina donde Miquel Delgado, monseñor y subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos, celebró una misa a la que fui invitado y a la que también asistieron, dos periodistas, tres religiosas y un embajador. Hacía ya muchos años que no asistía a una misa. Si no recuerdo mal, desde que estudiaba el bachillerato en un colegio de los Hermanos de la Salle, cuyo director, por cierto, no obligaba a sus alumnos a asistir a misa.

Fue en el momento en que monseñor Delgado bendecía el vino cuando entendí que, cierto bodeguero español muy premiado, tenía razón. Me refiero a lo que una tarde me dijo: “Hemos de divulgar o descubrir la dimensión mística del vino”. Y estoy plenamente convencido de que en sus palabras no había ninguna intención religiosa sino espiritual, que no es lo mismo.

Yo, ahora, desde hace un tiempo, desde aquella mañana entre viñas, desde la capilla Clementina y desde las palabras del muy prestigioso y locuaz bodeguero, he comenzado a paladear el vino de otra manera. Y no como un experto, que ni lo soy ni lo pretendo, sino como alguien que cada día valora más la verdadera cultura, que no siempre está en los libros.

Fotos: Abadía Retuerta
Fotografia promoció xarxes socials: © Agustí Carbonell

Arturo San Agustín
Barcelonés, periodista y escritor. Premio Ciudad de Barcelona de Periodismo, premio Plaza Mayor de poesía y finalista del premio de narraciones breves Antonio Machado. Ha publicado 14 libros. El último, ‘Tras el Portón de Bronce’, una viaje periodístico y total al interior del Vaticano. Ha escrito en El Periódico de Cataluña, El Mundo y actualmente en La Vanguardia.