Por  Daniel Vázquez Sallés

Una de las películas más emblemáticas de la historia del cine es La grande bouffe (primera imagen). La cinta, dirigida por el director italiano Marco Ferreri, se convirtió en un hito escandaloso desde el mismo día de su estreno en el marco del Festival de Cannes de 1973. Acusada de blasfema, La grande bouffe fue prohibida en innumerables países, circunstancia que la convirtió en una película de culto entre un sector de público más ateo que cristiano que le permitió, con el paso del tiempo, evangelizarse y sobrevivir a las modas como el icono indiscutible del cine gastronómico.

Cuarenta años más tarde de su estreno, se puede considerar  La grande bouffe como el homenaje más poético que ningún director haya realizado jamás al placer de comer. ¿Y de qué va la película de Marco Ferreri? De cuatro hombres hartos de la vida que deciden reunirse en una villa alejada de la ciudad resueltos a suicidarse  ingiriendo cantidades ingentes de exquisitos manjares. Esos cuatro personajes están interpretados por  Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi, Michel Piccoli y Philippe Noiret, y con ese elenco grandioso de actores, cualquier suicidio es perdonable.

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Un toque de canela (2003) de Tassos Boulmetis

A lo largo de la historia del cine se han realizado contadas películas gastronómicas, demasiado pocas si tenemos en cuenta el éxito de un género que despierta pasiones entre los amantes del cine con dos grados de sensibilidad. A pesar de una oferta tan raquítica, en toda videoteca de cinéfilo es obligatorio que haya un hueco reservado al género gastronómico y entre las películas que no deben faltar en la colección están Deliciosa Martha, Un toque de canela, El festín de Babette, Vatel, Como agua para chocolate, Comer, beber y amar y Entre copas. A diferencia de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, ejercicio insoportable de pedantería ideado por Peter Greenaway estas siete obras cinematográficas se caracterizan por su carencia de pretensiones y el aroma transparente que desprenden. Desde la primera a la última, estas siete obras embriagan y logran algo importantísimo, trasmitir pasión por la cocina. De eso se trata. Detrás de una buena película de género gastronómico, siempre hay un director al que le gusta comer.

Lo importante de estas siete películas es la huella aromática que han dejado en nuestra gula. Desde que el cine fue inventado por los hermanos Lumière, el 7º Arte ha sido el mayor catalizador  de modas, y con ese poder de persuasión, ha tenido una gran influencia en nuestras costumbres cotidianas. No se trata de hacer una lista de las buenas y las malas maneras con las que el 7º Arte nos ha adoctrinado a lo largo de sus ciento veinte años de historia. Los más críticos pondrán como ejemplo de la nociva influencia del cine, la expansión imparable del fast food. Quizás sí, pero una obra gloriosa como American Graffitty no hubiera alcanzado tan alta cota de poética sin la comida basura y el ketchup. Gracias al cine, comemos mejor y somos mucho más sabios que nuestros ancestros. Gracias a las películas, hemos viajado desde la oscuridad de una sala y hemos sido comensales en casas de familias italianas, en bistrots franceses, en palacios ingleses, en trattorias norteamericanas, en mercados de países de América latina y del Lejano Oriente. Gracias al cine, la globalización es un hecho empírico, y no hay país en el mundo del que ya no conozcamos sus mercados y los productos que los conforman antes de visitarlo.

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Comer, beber, amar (1994) de Ang Lee

En el cine, la gastronomía no siempre tiene que ser el eje vertebrador de la historia para ser imprescindible. Muchas veces, la cocina aparece como elemento sutil que ayuda a acrecentar el poder evocador de su director. Dos ejemplos son Gossford Park, un retrato implacable de la época dorada de la aristocracia inglesa, y El padrino, un duro retrato de la mafia italoamericana en los EE.UU. Sin una buena copa de Sherry o un plato de albóndigas con tomate, esas películas perderían su esencia.

Los gustos cinematográficos son tan variados como los gustos culinarios. Si en el yantar me desvivo por un plato de tripa a la Fiorentina, como cinéfilo empedernido me desvivo por las películas francesas e italianas. Y es que pocas cinematografías como la francesa o la italiana han mostrado al mundo su amor por el arte de la cocina de una manera tan pedagógica. Si somos lo que comemos, podemos afirmar que la grandeur francesa y el piacere italiano están plenamente justificados.

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Un americano en Roma (1954) de Steno

Acepto una apuesta, pero pondría la mano en el fuego de que no existe ninguna película francesa en la que no aparezca una secuencia en la que los protagonistas se toman un respiro para llevarse algo al estómago. En la película Pequeñas cosas sin importancia, obra coral dedicada al valor de la amistad en este siglo tan insolidario, nada sabría tan dulce o tan amargo sin esas cenas nocturnas en la que los protagonistas colocan sus balas de nostalgia en el cargador de la memoria. Los franceses saben comer, y un simple gesto, untar una rebanada con mantequilla, servir un vino y catarlo, nos demuestra que para ellos el comer es una religión que comparten a regañadientes con sus malos vecinos, los italianos, que han logrado hacer de la cocina de la mamma y la pasta los mayores estupefacientes legalizados del mundo.

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Pequeñas mentiras sin importancia (2010) de Guillaume Canet

A lo largo de treinta años, Stanley Kubrick estuvo maquinando la idea de llevar al cine El perfume, el libro imperecedero escrito por Patrick Süskind. Tras muchos borradores, Kubrick terminó desechando el proyecto, incapaz de encontrar la manera de trasladar los olores que transmitían las palabras a la gran pantalla. El director americano murió a finales del siglo XX, ocho años antes de que los estudios Pixar nos regalaran una de las películas más bellas del género gastronómico. Ratatouille, una obra maestra de la animación, logró encontrar la piedra filosofal que había buscado sin éxito el maestro americano.  En Ratatouille, el aroma de las sublimes recetas que prepara Remy, una simpática rata que sueña en convertirse en un gran chef francés, logra tridimensionarse e inundar la sala para regocijo de los espectadores.

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Ratatouille (2007) de Brad Bird

Decía Aute que toda la vida es cine. Gracias al 7º Arte hemos aprendido a comer, a beber y a amar un poco mejor. Gracias al cine y a las películas que tiene un toque de distinción gastronómico, hemos logrado convertirnos en insaciables buscadores de placer de la mano de unos directores y guionistas tan necesitados de felicidad como nosotros.

Daniel Vázquez Sallés
Escritor y periodista especializado en crónica gastronómica y cinematográfica. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona, compaginó su licenciatura con los estudios cinematográficos en la Universidad de Nueva York. Tras finalizar la carrera, estuvo vinculado al mundo del cine como auxiliar de dirección y producción hasta montar la productora Cuarteto, con la que realizó tres cortometrajes y de la que ya está desvinculado tras el éxito cosechado. Desde hace unos años se dedica por entero a la novela y a las colaboraciones periodísticas como freelance en los diarios El País, La Vanguardia Cultura/s, El Periódico y El Mundo, tarea que combina con la publicación de artículos y reportajes en las revistas Fotogramas, ClíoQué leer y Descobrir Cuina. Por una larga crónica dedicada al restaurante El Bulli, recibió en 2004 el Premio Juan Mari Arzak. Su primera novela fue Flores negras para Michael Roddick (Plaza & Janés, 2003), que ha sido adaptada recientemente al cine. Posteriormente publicó un ensayo titulado Comer con los ojos (RBA, 2006), una reflexión subjetiva sobre «el cine, la cocina y la memoria», paso intermedio a la aparición de su última novela, La fiesta ha terminado (RBA, 2009).