Por Josep Mas
He tenido y tengo todavía una relación estrecha y cercana, ya sea por estudios o por trabajo en bodegas, con la Francia vitivinícola y con Burdeos concretamente. Y dentro de Burdeos con el margen derecho, la “rive droite”, es decir Pomerol, Saint Emilion y sus denominaciones satélites, y Fronsac. He trabajado, compartido, aprendido mucho con y de ellos durante unos años. En este escrito explicaré mi experiencia personal, y como veo su manera de trabajar, filosofía de vino, carácter… Es mi experiencia personal, y no se puede generalizar pues hay miles de châteaux y cada uno es un mundo. Es cierto que mi conocimiento llega a lo que llega pues Burdeos es muy extenso, dinámico y cambiante y ya no vivo allí desde hace unos años, pero creo que las ideas generales se entenderán. Explicaré en un primer apartado como es un Château Gran Clu Classé tipo de Saint Emilion como es Château Fonroque, después intentaré dar los cuatro rasgos que creo que definen al bodeguero bordelés, y por último los factores de la calidad de los vinos tintos de Burdeos.
De Burdeos no se habla mucho en España, ya sea entre el cliente particular como en la restauración. No sé los motivos, si es que han pasado de moda, si tienen fama de caros para la calidad que tienen, alejados de la realidad. Hay otras zonas (Loira, Jura, Borgoña…) donde también se producen vinos muy ricos, más en boga y demandados. Espero que este escrito, sin ninguna pretensión, sirva para darlo a conocer un poco mejor.
Como he dicho, solo hablaré de la “la Rive Droite”, que es donde trabajé. Existen otras zonas en Burdeos, “la Rive Gauche”, bajando la Gironde a la izquierda, totalmente distinta, donde las variedades son otras, con la famosa cabernet sauvignon que necesita tiempo para expresar su finura, los suelos con más gravas, las propiedades de mayor tamaño, y un aire más aristocrático. Aquí encontramos Margaux, Saint Julien, Pauillac, Saint Estèphe, o sus Cru Bourgeois (Listrac, Moulis en Medoc), a la zona de “Entre Deux mers”, que es otra realidad de Burdeos, con extensiones más grandes, densidades de plantación más pequeñas, producción y quizás menos calidad. O la zona de vinos dulces de nivel mundial con Sauternes como bandera.
Relación con Francia y Burdeos, y mi experiencia y formación en el mundo del vino
Mi relación con Francia empezó estudiando en el Liceo Francés de Barcelona, donde aprendí bien la lengua y cultura francesa. Después, mis dos últimos años de Ingeniero Agrónomo más el proyecto final de carrera lo realicé en la Escuela de Agronomía de Rennes, para luego obtener la licenciatura de enología en el “SupAgro” de Montpellier (lo que ellos llaman el Diplome National d’Oenologue, diploma de prestigio instaurado en los años 50 como la primera licenciatura de Enología en Francia). Como continuación a la formación en Montpellier, pasé un año en Château Fonroque, Grand Cru Classé de Saint Emilion, que pertenece a la familia Moueix, familia tradicional bordelesa, especialistas de la “Rive Droite”, y propietarios de bodegas prestigiosas en Pomerol y Saint Emilion, aunque son originarios de Corrèze en el centro de Francia, y en los años 30 desembarcaron en Burdeos, cuando la crisis del textil. En Château Fonroque, realizé un estudio de su “terroir”, y vinifiqué la añada 2002. En 2003, un antiguo enólogo de la casa Moueix, Stéphane de Saint Salvy, instalado en Sudáfrica necesitaba a alguien para el trabajo de preparación de vendimias, y las vinificaciones en Vrede en Lust en Paarl. ¡Y allí me fuí! Seguimos con la filosofía Moueix, pues este chico era de esta escuela, de cuidar mucho los detalles, de extracciones suaves, y de vinos sin artificios. Y ya en 2004, me incorporé durante todo el año 2004, a Ets J.P Moueix, de Libourne, que es la casa madre, para trabajar en el viñedo durante el año vegetativo y vinificar en Vieux Château Saint André en Montagne Saint Emilion, otra joya de vino de Burdeos, propiedad de Jean Claude Berrouet, el enólogo de los Moueix.
También durante este tiempo, conocí bien a algunos vecinos bodegueros con los que todavía mantengo amistad y aprendo de ellos siempre que puedo escaparme. En 2005 terminé mi periplo formativo y de trabajo en Francia, y volví a España donde instalé mi propia bodega. También, en la otra mitad del 2003, vinifiqué en Beaune, (Borgoña), en Bouchard Père et Fils, negociantes y también propietarios de Crus, lo que me permite conocer otra zona, manera de trabajar, variedades, vinos… Pero mi formación es básicamente Bordelesa, del margen derecho y en concreto de la escuela Moueix. Para redondear mi relación con Francia, tuve una relación con una chica francesa durante diez años, originaria del Jura, donde descubrí los grandísimos Chateau Chalon y Cotes de Jura de Jean Macle, vinos extraordinarios y de gran guarda.
Burdeos: La organización de un château, y sus gentes
En España, Burdeos tiene fama por sus grandes Cru (quien no ha oído hablar de Château Margaux, Yquem, Cos d’Estournel, Petrus, Lafleur…), pero estos en realidad solo representan el 5% de la producción de los vinos de Burdeos. El otro 95% (o gran parte de este) son vinos de entre 10 y 20 euros, de altísima calidad, de châteaux menos prestigiosos, con un terruño posiblemente no tan privilegiado, pero de igual tradición y saber hacer, clásicos, que trabajan muy bien y viven por el vino. Estos vinos no llegan mucho a España, pero es el burdeos apreciado en todo el mundo, el que realmente ha hecho su fama, del que el consumidor belga, holandés, inglés, de toda la vida, compra cada año una o dos cajas y las va bebiendo, porque además es un vino con buen potencial de envejecimiento. Un ejemplo de este tipo de vino, que se puede encontrar en España es Château Grand Village, una auténtica maravilla, un vino muy bien hecho y de placer. Es realmente el ejemplo de lo que es Burdeos. Si pueden pruébenlo, creo que acabaran comprando cada año una caja.
Cuando llegué en 2002 a Château Fonroque, me hospedé en una de las casas que hay en la propiedad, donde se alojan normalmente los trabajadores temporales o los vendimiadores. El château bordelés es todo en uno, es decir que está organizado casi como una pequeña comunidad. Tienes el château propiamente dicho, el “castillo”, que es el edificio más emblemático, bonito, señorial, habitado por los propietarios o donde pasan temporadas, donde el interior está lleno de refinamiento, de antigüedades, que explican la historia de la familia y del lugar, normalmente desde varias generaciones. Justo al lado, colindante, suele estar la bodega de vinificación y alrededor suele haber un parque, con árboles centenarios, pequeños lagos, todo cuidado hasta el último detalle. Incluso podemos encontrar una huerta, o gallinas cuidadas por los trabajadores, que dan una parte en cestas a los propietarios cuando estos vienen. Alrededor de la casa está el viñedo, que suele ser siempre de una pieza (“d’un seul tenant”), pero dividido en parcelas, y cada parcela tiene un nombre. En Saint Emilion suelen ser propiedades de entre 10 y 20 hectáreas, y en Pomerol algo más pequeñas, de entre 5 y 10 hectáreas, mientras que, en el Médoc, en el margen Izquierdo, llegan a 200 o 300 hectáreas, con los grandes chateaux aristocráticos.

Grandes pomerol del «plateau», parte arcillosa mas cualitativa de Pomerol
Y de estas viñas, y solo de éstas, se produce el vino que representa al château. Está el primer vino, o “gran vin”, y desde hace unos años en algunas propiedades, con el objetivo de mejorar la calidad deciden elaborar un segundo vino.
Entre estas viñas se encuentran otros edificios un poco diseminados. Estos son o bien los hangares para la maquinaria, o la casa de los aperos, o las viviendas de los trabajadores fijos de la propiedad, que viven allí. Es muy común en Burdeos, que el trabajador responsable de la viña viva en la propiedad. El propietario, a éstos, les paga la casa, la luz, el agua, los servicios. Normalmente es una pareja de mediana edad, suelen ser portugueses o españoles, buenos trabajadores, que llegaron con las vendimias en los años 60 y allí se quedaron. Ahora ya están integrados, sus hijos son franceses, y tienen un muy buen nivel de vida. Esta pareja se ocupa, de casi todos los trabajos, el hombre de los trabajos con el tractor, (tratamientos, arado, “rognage”, replantar…) y la mujer de los trabajos más delicados, como el desbrote, el deshojado o subir los alambres. En Burdeos, como fórmula de relación laboral con las mujeres, existe un sistema de “prix faits”, es decir, que hay toda la lista de los trabajos anuales en la viña, y se les paga por cada trabajo. El precio ya está establecido, ella debe organizarse para hacerlo bien y acabarlo a tiempo. No es raro ver al hombre o a los hijos echar una mano. Aunque este sistema tiende a desaparecer. En Château Fonroque vivían Pedro y María, dos andaluces, en Château Lagrave Trigant de Boisset estaban Diego y su esposa, también españoles, y en Château Magdeleine, eran una pareja de portugueses. Esto como ejemplo. A parte de esta gente suele haber más empleados, en Château Fonroque estaba Jerôme, que trabajaba más en la bodega y que también vivía allí, y luego Noel, que era del pueblo de Saint Emilion, que ayudaba en la viña. Y Laurent, el capataz, que eran de la zona. Si el château es suficientemente grande, como en el Médoc, con sus 200 hectáreas de viñedo, 50 hectáreas de parque o bosques, los châteaux poseen en plantilla a sus propios jardineros, mecánicos, albañiles, electricistas… en algunos como en Château Margaux, por ejemplo, tienen hasta un cementerio con su responsable. ¡Es como una ciudad!
Para encuadrar toda esta gente está el director técnico, y algún asistente, todos con formación técnica, muy preparados, viajados, que hablan idiomas, de un nivel realmente alto. Y por encima de todos, el propietario, que suele estar muy presente. Además, se rodean de consultores varios, especialistas en temas como fertilización de la viña, pedólogos, expertos en regímenes hídricos, en seguimiento de enfermedades, y ya en la bodega, consultores de temas tan variados como el oxígeno disuelto (que no micro oxigenación), para la cata y decisión de mezclas de lotes, calidad y aporte de diferentes toneleros, calidad del embotellad… Es realmente impresionante el despliegue.
Eso sin contar el personal extra que se necesita para momentos puntuales como las vendimias, podas en verde, pues son operaciones que deben realizarse bien, en su debido momento, y en un periodo bastante corto. Y también están los “stagiaires” que vienen en época de vendimias. En Francia es un sistema muy instaurado, y se ve más como un intercambio enriquecedor. El “stagiaire” aprende un oficio, el día a día en una bodega, y mucho conocimiento, y por su lado les echa una mano durante las vinificaciones, una época de mucho trabajo. Creo que además a los bordeleses les interesa, pues es una manera de expandir su filosofía del vino.
Esta es la foto que podríamos hacer de lo que es un château, y aunque es una generalización, nos puede dar una idea muy aproximada.
En cuanto a la gente que vive allí y su carácter, también se puede hablar mucho. ¡Son gente realmente interesante y apasionada! El propietario o responsable del château bordelés suele tener la fama de mirarte un poco desde arriba, un aire aristocrático, ya un poco de la vieja usanza, clásicos en el sentido negativo, pero creo que es una imagen errónea.
En primer lugar, son gente muy educada y con mucha clase, recuerdo un viaje a Barcelona que hicieron unos amigos propietarios de un Cru prestigioso de Pomerol, y en el que fuimos a comer al desaparecido Casa Jacinto. Para beber abrimos un rioja clásico, y un rioja más moderno. Preguntados por sus preferencias, apostaron por el estilo más clásico, pero alabaron lo interesante que era poder probar el otro vino, sus virtudes y lo bien construido que estaba.
Son gente de gran cultura, el bordelés entiende el vino como cultura, como leer un libro o como el arte. Todo va de la mano. Recuerdo que el sr. Moueix me recibió en su casa un día para que le explicase mis proyectos en España, y me recibió con una copa de Bollinger y un libro de Antonio Machado. Aparte es un gran coleccionista de arte, posee una colección de cuadros de nivel mundial. O Jean Claude Berrouet que aparte de enólogo (44 añadas detrás de Petrus) es poeta.
Además, son gente abierta y dinámica. Me sorprendió que bebieran mucho vino de otras zonas, grandes vinos blancos de Borgoña, de Alemania, mucho jerez (allí empecé a darme cuenta de que el jerez está considerado por ellos como uno de los grandes vinos finos del mundo, al mismo nivel que sus grandes tintos). Recuerdo una mañana en que Pedro, el tractorista de Château Fonroque, me llamó y me dijo: “ven a ver lo que bebieron los señores ayer noche”, pues las botellas estaban al lado del contenedor. Y allí había, en medio de botellas de Château Figeac, Château Cheval Blanc y Château La Mondotte, algunas otras de jerez.
Los puestos de máxima responsabilidad están ocupados por gente joven. Estuve hace poco en unas jornadas técnicas en Cheval Blanc, donde se reunían todos los directores técnicos o propietarios de los châteaux top de la Rive Droite (Saint Emilion y Pomerol) y la edad media era de 35 años. Increíble, verlo para creerlo. Estos vinos que hacen soñar, llevados por un grupo de chicos de esa edad. Y además con muy buena relación entre ellos.

Por último, sólo decir que explican y comparten todos sus conocimientos. Conocimientos que son el fruto de mucho trabajo y dinero invertido… pero no les importa. Creo que son tan apasionados de su trabajo que, si ven a alguien interesado y con pasión, lo hacen encantados. Y son gente apasionada. Su vida gira alrededor del vino, todo se organiza en función del vino. Piensan 24 horas al día en el vino y le tienen un gran respeto. La tensión que se nota cuando llegan las vendimias en estas casas es impresionante. Y no hace falta que te lo digan, lo notas enseguida. De pronto se acaban las bromas, ves la concentración en la cara de todos. Recuerdo, y es un ejemplo más, que estaba yo un día en una parcela de Château Trotanoy, comprobando los trabajos de aclareo de racimos de un grupo de trabajadores, y oí un ruido detrás de mí: era Cristian Moueix, el dueño de Ets J.P Moueix que estaba justo allí. Había venido sin hacer ruido, y me decía muy serio que en esa cepa había demasiada uva, y que la consigna eran 8 racimos. Y el hombre estaba preocupado porque en aquella había más de 8 racimos. Creo que seguir con este espíritu, de gente que es inmensamente rica (está entre las 50 primeras fortunas de Francia) y con vinos ya tan consolidados, demuestra que el vino para ellos es más que un negocio.
La calidad del vino de Burdeos
Una vez explicado el contexto bordelés, con su organización, sus gentes, creo que hay que hablar de porque los vinos tintos de Burdeos son lo que son en términos de calidad.
La calidad de los vinos de Burdeos no es de ahora, viene de muchos siglos antes, aunque hay controversia de cuando empieza exactamente. (Bibliografía: “Vins et vignobles: les itinéraires de la qualité de l’Antiquité au XXIe siècle” de 2014, publicado por el Institut des Sciences de la Vigne et du Vin).
Pero, por ejemplo, en el siglo XVII ya se habla de un vino con unas características muy apreciadas por los consumidores en Inglaterra llamado “Ho Bryon”. O si se miran los intercambios comerciales entre Aquitania y la Bretaña francesa en el siglo XVIII, el vino más apreciado y caro es el burdeos (y ya se citan lugares como Rauzan Seégla o Margaux). Al respecto, se puede leer “Bordeaux et la Bretagne au XVIIIe siècle“ de Hiroyasu Kimizuka, 2015. Ya en 1855 se clasifican los grandes Crus del Médoc para la Exposición Universal de París, donde la Cámara de Comercio quiere presentarlos, una clasificación todavía hoy vigente y que tan bien refleja la realidad de las distintas calidades. Se puede leer sobre este tema el muy interesante “1855 histoire d’un classement des vins de Bordeaux” (1997) de J. Dewey Markham.

Una vez le preguntaron a Jean Claude Berrouet qué es un buen vino, y dijo que es un vino con calidad constante y personalidad. En Burdeos el 85% del vino que se produce es de calidad. Es el viñedo cualitativo más extenso del mundo. Hay varios factores, según mi opinión, para que esto sea así.
Primero el estilo del vino. Los buenos burdeos son vinos de guarda, vinos con buen potencial de evolución en botella. Para un bordelés, un buen vino debe de poder guardarse al menos 15/20 años, y los grandes todavía más. Y cuando uno compra un burdeos, creo que en el fondo busca eso. El “amateur” conocedor las guardará para apreciarlas al cabo de unos años. Algo parecido a los riojas clásicos. Me acuerdo que compré varias botellas de la añada 2003, añada canicular, y les pregunté en su momento a los Moueix sobre ésta. Su primera respuesta fue “ça ne sera pas des vins de garde”. Para ellos es lo principal. Estos vinos, si están bien conservados son algo extraordinario cuando se beben al cabo de un tiempo. De los que he bebido yo, me quedo con tres, que me han dejado unas sensaciones que todavía recuerdo: Château Pichon Baron de Lalande 1990, Château Magdelaine 1989, y Château Lafleur 1982.
Siguiendo con el estilo, son vinos, y de hecho tiene que ser así para que la evolución del vino sea buena, que se mueven más en registros y nociones de finura, ligereza y equilibrio, que de poderío o concentración. Es decir, sin excesos, sin sobremaduración, más bien lo contrario (la Merlot, por ejemplo, siempre llega justita a madurez en el clima Bordelés), ni son vinos muy extraídos, ni oxidados. Son aparentemente fluidos y superficiales, comparados con los vinos más modernos actuales, pero su trama tanto aromática como gustativa es densa y potente. Para mi es lo más difícil de conseguir, potencia sin grandes demostraciones. El primer día de vendimia en las vinificaciones de Chateau Fonroque en 2002, recuerdo que estaba haciendo un remontado en lo alto de uno de los depósitos de cemento, y pasó el propietario, Alain Moueix, y al verme me saludó, y después me dijo: “con suavidad, no muevas tan rápido el tubo”. Siempre hay que tratar el vino con delicadeza.
Los bordeleses son conscientes de que el vino está hecho para acompañar en la mesa, y que deben ser vinos de placer. Que sean “bebibles”, que mariden bien, que no se hagan pesados… De allí también el estilo. Generalmente los burdeos son más apreciados en la mesa que en catas o degustaciones.
Son también vinos completos y bien construidos, con todos sus elementos. Creo que el arte del ensamblaje de lotes que tienen allí (recuerden un solo vino es resultado de mezclar lotes distintos de vino que provienen de las distintas parcelas que tiene la propiedad) hace que el vino tenga todos sus elementos de constitución. Las parcelas de arena aportaran más ligereza, las arcillas le suelen dar más densidad, los cantos rodados más profundidad…
El prestigio adquirido por muchos de estos vinos se debe a que han mantenido las producciones y las referencias que elaboran. Es decir, que elaboran la misma marca y la misma cantidad de botellas desde siempre. Cuando las cosas van bien, en lugar de aumentar las producciones se esfuerzan año tras año por aumentar la calidad y luego aumentar los precios.
Lo que sí que hicieron hace ahora 20 o 30 años la mayoría de los châteaux, y otros más recientemente, es la elaboración de un segundo vino, con el objetivo de mejorar el primero. Normalmente las viñas más jóvenes iban a este segundo vino, pero con el tiempo ha sido más una selección por calidad de uva, y sobre todo por tipo de suelo. Ahora estos segundos vinos son ya un vino aparte, un Cru dentro del Cru, con su personalidad propia. Éstos son igualmente extraordinarios, pues el trabajo y la dedicación, ¡es la misma que para el hermano mayor! Incluso hay una parte de la producción que se vende a granel a los negociantes. ¡En Petrus hay un poco de vino que nunca entra en el gran vino y se vende como granel!
Creo que hay otro aspecto muy importante en la elaboración del vino de burdeos, y en su búsqueda por la calidad y que creo no tiene parangón en ningún sitio en el mundo, y es que ponen la técnica y la enología al servicio del terruño, es decir para valorizarlo aún más. El bordelés tiene una noción muy precisa de lo que es el terruño, y sabe que no puede producir grandes vinos de calidad si no dispone primero de buenas uvas, procedentes de variedades nobles, perfectamente sanas y con la madurez ideal. Pero no por ello dejan de ser técnicos. Al contrario, cuidan, estudian, reflexionan, con equipos de gente muy competentes, cualquier aspecto de la elaboración, desde la viña hasta el embotellado, incluso en el almacenaje o embalaje. No entraré en detalles técnicos, pero te deja casi sin aliento ver la cantidad de información, análisis, reflexión, trabajo, y no dicen ni hacen nada porque sí, todo tiene su razón. Cada vez que voy, vuelvo de mis viajes con libretas enteras de apuntes.
No hay que olvidar que Burdeos es la cuna de la enología moderna, y se nota en los genes de las gentes de allí. Los primeros institutos de investigación y enseñanza relacionados con el vino nacen en Burdeos, empezando con Ulisse Gayon en 1880-1920, antiguo colaborador de Louis Pasteur, y luego Jean Ribéreau Gayon (1949-1976) y Pascal Ribéreau Gayon. Es impresionante ver las instalaciones, medios, profesorado (referentes mundiales en sus especialidades), centros de investigación, que existen en Burdeos. De sus facultades han salido enólogos tan admirados y respetados en estos últimos decenios como Emile Peynaud, J.C Berrouet, Dubourdieu o Boissenot entre otros. Quizás la Universidad de Davis en California estaría a este nivel, o bien la Sup Agro de Montpellier, pero ésta última más enfocada a la viticultura. Sobre este tema es muy ilustrativo e interesante el libro “L’histoire de l’oenologie à Bordeaux par Pascal Ribéreau-Gayon – de Louis Pasteur à nos jours”. Y se entiende lo que representa Burdeos como centro de referencia para el vino.
Mantener toda esta estructura demanda grandes inversiones, y las hacen. No reparan en medios, ya sea a nivel del material, o del personal, investigación, adecuación de edificios… Al buen vino le gusta el dinero. Con ello aumentan la calidad año tras año, y por lo tanto el prestigio, y por lo tanto el precio. Y suelen ser inversiones siempre pensadas para mejorar el proceso, no sólo la imagen, aunque evidentemente hay que cuidarlo todo. A mí, cuando veo todo lo que hay detrás de algunos de estos châteaux, los altos precios que tienen no me parecen caros. ¡Aunque en algunas añadas sí que se haya disparado algo! Para mi este precio es una evolución lógica, es el resultado de muchos años de mejoras y trabajo. Es de admirar que sigan trabajando para mejorar cada día, cuando muchos de estos vinos están al más alto nivel.
Y es curioso porque toda esta filosofía de vino y trabajo, lo llevan con un perfil muy bajo. No son gente que a la que le guste ponerse delante, para ellos lo más importante es el vino. De hecho, son poco conocidos por el gran público, solo lo son por el circulo profesional más cercano. Hay multitud de grandes personajes del vino que son desconocidos por los consumidores.
Decir también que un buen vino lo es porque es singular, tiene carácter propio, no es común, y de eso en Burdeos son muy conscientes. A pesar de ser grandes técnicos, no utilizan ninguna técnica que pueda modificar el vino. El vino debe ser la máxima expresión de sus parcelas, variedades y clima del año. Si se utilizaran ciertas técnicas para hacer el vino más accesible, más a la moda para el consumidor, perderían raza y carácter. Conozco un chico japonés con el que estudié el DNO en Montpellier que, a parte de su trabajo en una bodega, es sumiller de un tres estrellas Michelin en Japón. Ha bebido y memorizado mucho burdeos, le apasionan y es capaz en una cata a ciegas de decirte el nombre del château. Son pocos los vinos que tienen esta capacidad. Es realmente extraordinario.
Y ya por último también son muy respetuosos con el medio, tanto en la viña como en la bodega. Todas sus prácticas son muy razonadas, sin excesos, buscando el equilibrio y la vida en el suelo y en el vino. Sin agresiones al medio ambiente. Muchos ya no utilizan productos de síntesis, las dosis de sulfuroso son bajísimas y están en la línea de ir a menos, el trabajo en el viñedo es respetuoso con la fauna auxiliar y con la vida del suelo. Han dejado de utilizar maquinaria pesada y de desestructurar el suelo, podan y realizan ciertas operaciones en función de los astros. Pero no ondean esta bandera, pues creo que para ellos forma parte de una evolución lógica.
Ha sido un resumen un poco entremezclado de mi experiencia y aprendizaje, pero es realmente enriquecedor en todos los sentidos pasar un poco de tiempo con ellos. Muchas veces estar allí es estar como en una nube. Y lo mejor es que cuando luego te sientas a la mesa y disfrutas de uno de estos vinos, ¡nunca falla y es una experiencia de gran placer! Y por lo que yo percibo, seguirá así por muchos años.
Josep Mas
Propietario desde 2005 de la bodega Mas Asturias en el Bierzo, donde posee cinco hectáreas de viñedo viejo de mencía y elabora unas 15.000 botellas de vino Massuria. Es Ingeniero Agrónomo por la Escuela de Agronomía de Lleida (ETSEA) y Licenciado en Enología por la École Nationale Supérieure Agronomique de Montpellier (ENSAM). Antes de instalarse en el Bierzo, trabajó y se formó en bodegas prestigiosas de Saint Emilion y Pomerol, con la familia Moueix, y también realizó dos vinificaciones en Borgoña y Sudáfrica.