Fue una añada de gratitudes y esfuerzos, de agua y sol mediterráneo, de escollos salvados con dedicación y voluntad. El compromiso de nuestra gente fue crucial: puro terroir en armonía con los suelos y los sueños, con el entorno agreste y los racimos de garnacha. Con todos los elementos hasta llegar a conquistar una cosecha de gran encanto y potencial.

Larga bonanza invernal

Los inviernos de Yerga son el imperio del viento. De normal inhóspito y duro, en esta añada el cierzo moderó su influjo y dejó lugar a un ambiente algo más suave de lo habitual, sin episodios de frío destacables. Además, con una persistente sequía que se extendió desde noviembre hasta bien entrado febrero. Un marzo lluvioso contrastó con un abril árido: apenas 10 litros en un mes habitualmente húmedo. La irregularidad de las precipitaciones y, sobre todo, las altas temperaturas adelantaron unos días la brotación. Por entonces, la añada semejaba un navío en un mar de calma chicha.

El calor sin estridencias

Llegó mayo con cambios destacables en cuanto a las lluvias, cuya abundancia retrasó un poco la floración de las vides. Entre mayo y junio, en el cénit de la primavera, experimentamos el típico salto térmico que resulta tan notorio en el campo, al acelerar de forma evidente el ritmo de desarrollo vegetal.

Alguna tormenta puntual de granizo en junio apenas alteró la sensación de normalidad. El verano empezó con temperaturas altas, pero sin estridencias. Nada que ver con lo vivido en los dos años anteriores. La ola de calor de finales de julio nos pareció, incluso, inserta en la lógica estival. Con cálida serenidad encaramos el periodo final de maduración de la uva.

Un final de noches frescas

Tras una primera mitad de agosto de termómetros contundentes, el día 20 la situación empezó a cambiar. Las temperaturas nocturnas se desplomaron y sobre el viñedo se extendió un acusado frescor continental, que dejaba días prístinos, de un ambiente delicioso. Las condiciones resultaron ideales para la salud de las uvas; al mismo tiempo, tuvieron el efecto de retrasar su maduración. Si a principios de agosto llegamos a pensar que la recolección empezaría de forma inminente, con esa nueva faz veraniega, más fresca, aplazamos cualquier decisión.

La promesa de una cosecha cómoda acabó por disiparse del todo con las intensas lluvias caídas entre el final de agosto y buena parte de septiembre. A la uva le costaba mucho incrementar el grado y con cada episodio de precipitación debíamos replantearlo todo. Varias veces arrancamos la vendimia, varias veces tuvimos que interrumpirla. La situación de inestabilidad se acrecentaba y nos vimos seleccionando parcelas, hileras, vides… cada vez con mayor exigencia. Fueron semanas complejas.

Virtudes de otro tiempo

Muchas horas de planificación, muchos pasos en el viñedo, mucho tiempo recolectando. Todas las manos se hicieron imprescindibles y estamos convencidos de que el ingente esfuerzo en campo y bodega subyace en la singular energía de los vinos de 2024. Quizá tanto como las placenteras tardes de un verano que, en su apogeo, todavía no nos había insinuado ni un ápice de la intrincada vendimia que le seguiría.

En ese contraste de placeres y afanes nace la virtud de la añada. Vinos completos en su esplendor, nítidos en su fina fluidez de madre caliza. Las sensaciones agradables, como de un tiempo eterno, se sobreponen cual capas de sentido sobre un basamento de pura fibra limpia y moldeada. Y al fondo, siempre el testimonio alegre de la fruta, sabores de campo donde lo silvestre se funde con lo cultivado en una suma de sabiduría natural.