Cosecha 2011 por Ricardo P. Palacios
“Una añada tranquila nos ofrece unos vinos de sorpresiva carga de seducción, cuyo alcance insondable aún está maravillándonos.
Quizás cegados por la histórica añada anterior, 2011 nos resultó algo anodino al principio. Pero con el curso de los meses, con el tiempo húmedo, la generosidad de fruta y las extraordinarias condiciones del Bierzo, entendimos que también los años menos excepcionales en un sentido climático pueden alcanzar cotas sublimes.
También se confirma en 2011 que la influencia del clima es tan importante durante el periodo vegetativo de la vid como en el transcurso de la elaboración y la crianza del vino.
Con noviembre empezó uno de los períodos de frío más continuo desde que estamos en la comarca; durante semanas enteras las temperaturas mínimas rondaron los siete grados negativos. Y ello a pesar de que las lluvias alcanzaron un nivel alto durante todo el invierno: 120 litros en noviembre, 134 en diciembre de 2010, 128 en enero y 83 en febrero de 2011. Tal conjunto de condiciones apareció como muy beneficioso para la salud de las cepas, que llegaron a la primavera en perfecto estado, sin problemas relacionados con hongos y plagas. Hasta finales de mayo de 2011, el frío y las nieves dominaron las montañas.
Armonías primaverales
El rasgo que determinó los meses de la primavera, y que tan diferente hizo esta añada de la anterior, fue el ambiente extremadamente húmedo. Si bien las lluvias no fueron excesivas en términos absolutos (76 litros en marzo, 40 en abril y 39 en mayo), sí destacaron por su persistencia y regularidad. Sin pasar nunca de los 10 mm diarios, las cepas gozaron de una armonía de sol, buenas temperaturas y humedad que iba a ofrecer como resultado una cosecha abundante. En las zonas arcillosas, con el paraje de Las Lamas, la mayor retención de la humedad y la temperatura en ese tipo de suelos todavía acentuó más la gran cantidad de uva que recogeríamos.
Durante la brotación y el desarrollo de las inflorescencias, el crecimiento de la planta fue espectacular. En las zonas de altura, como el Ferro, La Faraona y Viariz, la vid tuvo un desarrollo más comedido debido a la coincidencia de la floración con una semana lluviosa. El granizo dejó incluso sin uvas la zona de Casas Novas, que provee parte del vino Villa de Corullón. En suma, estas condiciones retrasaron la vendimia de esos parajes más elevados.
Verano de luz y diferencias térmicas
El verano llegó pronto, cálido, con la humedad justa y con esa intensa luz anaranjada que baña los atardeceres en las laderas de Corullón. Una conjunción que en las añadas más típicas del Bierzo es responsable del misterioso desenlace que hace posible, en una región tan septentrional, elaborar vinos sutiles y voluptuosos a un tiempo.
En las más calurosas jornadas de junio, los 38º C diurnos –nada habituales en la zona– contrastaron con tardes y noches frescas. Esta diferencia anticipó la pauta que iba a seguir todo el verano, caracterizado por oscilaciones térmicas extremas que en muchas ocasiones superaron los 35 grados. Pero la brusquedad del cambio de temperaturas entre días y noches forma parte del carácter primordial de la comarca, una fuerte impronta del clima continental matizado por influencias atlánticas y mediterráneas que permite a los vinos llegar a ese equilibrio delicado en el punto óptimo de la madurez.
Una breve mirada a la pluviosidad estival nos descubre registros moderados: 22 litros de junio, 25 en julio y 34 en agosto. Con esta tónica de lluvias escasas llegamos a la vendimia de 2011, que iniciamos aún con el recuerdo del magnífico año anterior.
Una vendimia de alcance sobrenatural
En un ambiente seco recogimos la abundante uva, pletórica de madurez, llena de color y de sabor, y en envidiables condiciones sanitarias. Todos los atributos necesarios para reflejar con el tiempo la expresión discreta y serena de una buena añada.
Esa fue nuestra percepción hasta que hubo terminado la fermentación maloláctica, cuando nos dimos cuenta de lo que realmente podíamos tener entre manos.
La oculta grandeza de los vinos fue mostrándose en el momento en que, más tranquilos, perdían poco a poco las vibraciones de su segunda fermentación. Descubrimos entonces una fuente de riqueza de indescriptible emoción. En nuestras copas emergía el eco de un gozo profundo. Una llamada de paraísos perdidos que reencontramos en una felicidad inconcreta, duradera, conmovedora”.
