La escasez se compensa con una concentración histórica
La especial sensación de tener la riqueza de dos añadas concentradas en una misma
La añada 2013, nuestra vigésimo-quinta, alcanza la máxima magnitud de pigmentación, intensidad de polifenoles y extracto de toda nuestra joven historia. Tras la peor floración de nuestra experiencia profesional –las garnachas de clon histórico llegaron a producir tan solo una tercera parte de la cosecha normal–, este año ofrece todo un portento de vida, un altísimo potencial de envejecimiento que en el futuro nos regalará la grandeza de la sustancia pura de los escasos y pequeños granos de uva.
Comenzó el invierno de 2013 como el más lluvioso de los últimos cinco años, con precipitaciones muy copiosas desde principios de año: 41 litros en enero y 43 más en febrero. Los meses siguientes, hasta la entrada del verano, siguieron la misma tónica de lluvias abundantes, destacando especialmente marzo y abril, que sumaron más de 200 litros. El verano fue en cambio de los más secos de la historia, con tan solo 28 litros entre los meses de julio y octubre, ambos incluidos.
En cuanto a las temperaturas, los meses invernales fueron muchísimo más fríos que la cosecha 2012. Se produjeron 14 días de heladas entre noviembre y diciembre y 12 entre enero y febrero, lo que limpió el campo de parásitos de la vid. La primavera se mantuvo con un termómetro inusualmente bajo, contribuyendo a una temperatura media anual de 14,85 ºC, ligeramente inferior a la del año anterior.
De la suma de todos estos condicionantes climáticos se deriva el factor determinante de esta añada: el retraso de la brotación –comenzó el 28 de marzo– que nos llevó a una demora en la floración de entre tres y cuatro semanas –empezó el 5 de junio–, causa fundamental para el peor cuajado de la flor en la ya escasa muestra de cosecha que ofrecían las viñas del Priorat.
Una bendición acompañada del gorgoteo incesante de las fuentes
La fortuna que nos acompañó desde el verano hasta el último día de vendimias no tiene cabida ni en la mente de los más crédulos.
Con un suelo empapado, con una retención hídrica tan insólita, con el sonido constante del caudal de todos los arroyos y las fuentes, no queríamos ni los parámetros de lluvias normales en verano, ni las habituales precipitaciones en vendimias. Mientras en la mayoría de todos los viñedos de Europa no dejaba de llover, alguien nos bendijo con una parada absoluta de las precipitaciones en Priorat.
Otro de los acontecimientos memorables es el tardío inicio de la vendimia, a causa del retraso inicial de la brotación que prosiguió durante el ciclo de la vid. Así, empezamos a vendimiar en Finca Dofí el 18 de octubre, acabando en los primeros días de noviembre, justo cuando comenzamos en L’Ermita. ¡Qué insólita sensación!
Esta larga duración de la uva en la cepa, viajando en un curso paulatino, lento y misterioso hasta alcanzar esa madurez tan lejana, ha producido vinos de una frescura y una acidez extraordinarias. Se esconden y armonizan en la exaltación de enormes taninos redondos que junto a la fluidez de estas garnachas encumbran una carnosidad de brillo indescriptible, de vitalidad agradecida y de pura vida. Es un cau?dal divino que nos hará soñar con días de campo y noches de hadas en viñedos elegidos.
Brindo con vosotros con la mejor añada de la historia.
