Esta añada, es como si nos hubiera proyectado a mediados de los años 70.
Nada es más placentero, cuando llega el mes de mayo, que volverme a sumergir dentro de la cosecha del año precedente para explicaros como la vivimos.
Empezó mal. Y acabó de manera admirable. Y te hace comprender por qué los años 70 encabezan el inicio de este escrito; época en la que, adolescente, atravesaba con el viento en la cara el sur de Lubéron en mi ciclomotor…
Todo empezó mal. Tres grandes lluvias, con dos meses de intervalo, que dañaron nuestras plantaciones. Puede que sepan que hemos empezado este año con la rehabilitación de una vertiente abrupta, a pleno norte, para plantar un poco de pinot noir. Sí, lo sé, una idea extraña. Ya me hice esta reflexión cuando tres lluvias seguidas en octubre y de nuevo en marzo, se llevaron todo nuestro trabajo. Invierno frío, primavera glacial, pluviometría superior en un 15% a la media, una temporada dura. En primavera, nuestra siempre aliada Tramuntana, decidió traicionarnos y pasarse al enemigo. En plena floración, tiempo gris y viento glacial provocaron un corrimiento histórico, es decir una ausencia de fructificación de las flores, sobre todo en los terruños tardíos del valle de Agly.
Afectó a las viñas podadas tarde, en marzo, pues las garnachas y los grandes terruños de Vingrau, fueron quienes se llevaron la peor parte de esta calamidad. Más del cincuenta por ciento de pérdida, sin duda, aunque es difícil de estimar. Nuestra estrategia de tener los viñedos extremadamente parcelados (más de 100 parcelas en 25 km alrededor de la bodega), fue de gran interés, haciéndonos olvidar las limitaciones del cultivo.
Después, pero mucho después, todo fue perfecto. Sin exceso de nada, pero sin faltar de nada. Una meteorología normal, con altos y bajos, pero nada que no se pudiera gestionar. Bueno, una presión de mildiu (poco habitual aquí) muy fuerte, nos obligó a estar atentos, sobre todo en julio, sin necesidad de planificar demasiado pronto los pulverizadores y los tractores, bajo pena de ser invadidos de un mildiu en mosaico, con una rápida caída de hojas. Y sin hojas, no hay buenos frutos. De hecho, cuando pienso, la clave de la añada 2013, fue la de comprender que llevábamos dos semanas de retraso a causa del frío, y que, contrariamente a los años precedentes, no las recuperaríamos.
¿Fácil? Sobre todo fácil hablar de ello a posteriori. Pero a diario, cambiar todo el funcionamiento de una empresa cambiando todos sus hábitos de dos semanas, nada más difícil. Vacaciones cambiadas, tratamientos cambiados, vendimiadores cambiados, trabajos en verde, vendimias, en fin, ¡fuimos nosotros los que cambiamos totalmente!
La vendimia, y con 15 días de retraso presentes, y ay de aquellos que no entendieron la cosa: vendimiando temprano este año, era imposible hacer grandes vinos. Nosotros acabamos el 28 de octubre, una fecha única en los últimos quince años. Más frecuente, según mis amigos nonagenarios en los años setenta. Y sí, en la época, era común vendimiar en octubre. ¿Mito? ¿Realidad? ¿Cambio climático? Cambio de gusto (elaborando sobre todo vinos dulces, aquí, en la época), no puedo contestar. Pero hay una cosa cierta: los vinos del 2013 son pequeñas bombas de fruta, con un frescor asombroso y una fineza de taninos excepcional.
Entonces, ¿es la 2013 la añada del Languedoc-Roussillon? Evidentemente, la respuesta es sí. Todavía no estamos en “la añada del siglo” como 2011 aunque con una calidad excepcional para todo el mundo y con unos volúmenes récord. Nosotros tenemos alrededor de un 20% menos de vino, salvados por la parcelación y por la buena repartición de nuestras variedades. Pero la añada será, indiscutiblemente, mejor que en cualquier otro lugar y los mejores viticultores del Languedoc-Roussillon harán algunos de los mejores vinos de la añada. Estoy tan convencido, que tengo pensado embotellar 300 doblemagnum de Vieilles Vignes para ayudar a los padres de niños nacidos en 2013 😉
Descubre los vinos de la cosecha 2013 de Hervé Bizeul (Clos des Fées) aquí.